Oración con paragüero

Una vez todos los aldeanos decidieron rezar para que lloviera

Las lluvias volvieron a fallar ese año. Era el tercer año consecutivo en que no llovía. Los cultivos habían desaparecido y la tierra era una franja marrón de escombros polvorientos. Los árboles habían perdido sus hojas hacía años y destacaban como siluetas de cactus en el polvoriento horizonte. Había un arroyo que bordeaba el pueblo en años pasados. Ahora el cauce estaba seco. Donde antes fluía el agua limpia y fresca de las montañas cercanas, ahora había un lecho de arcilla, agrietado en forma de tablero de ajedrez con huecos del ancho de un palmo.    Nadie sabía qué había sido de las aves, salvo los buitres que rondaban el pueblo, en busca de algún que otro cadáver de animal que hubiera quedado moribundo.

En el pueblo vivía gente de muchas religiones y se produjo un gran debate sobre dónde celebrar la oración: en una iglesia, una mezquita, una sinagoga o un templo. No hubo consenso. Agotados, decidieron celebrar la oración al aire libre, a última hora de la noche, bajo el cielo abierto, lejos del pueblo. Era noche de luna llena y la luna brillaba con su atractivo resplandor sobre un fondo de estrellas centelleantes.

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Las lluvias volvieron a fallar aquel año. Era el tercer año consecutivo en que no llovía. Los cultivos habían desaparecido y la tierra era una franja marrón de escombros polvorientos. Los árboles habían perdido sus hojas hacía años y destacaban como siluetas de cactus en el polvoriento horizonte. Había un arroyo que bordeaba el pueblo en años pasados. Ahora el cauce estaba seco. Donde antes fluía el agua limpia y fresca de las montañas cercanas, ahora había un lecho de arcilla, agrietado en forma de tablero de ajedrez con huecos del ancho de un palmo.    Nadie sabía qué había sido de las aves, salvo los buitres que rondaban el pueblo, en busca de algún que otro cadáver de animal que hubiera quedado moribundo.

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En el pueblo vivía gente de muchas religiones. Había un templo, una iglesia y una mezquita, cada una perteneciente a un grupo diferente. Hubo un gran debate sobre dónde celebrar la oración: en un templo, en una mezquita o en una iglesia. Cada comunidad defendió su postura. No hubo consenso. Agotados, decidieron que cada grupo iría a su propio lugar de culto e imploraría al Todopoderoso que lloviera.

Reza para que llueva trae un paraguas

Las lluvias volvieron a fallar ese año. Era el tercer año consecutivo en que no llovía. Los cultivos habían desaparecido y la tierra era una franja marrón de escombros polvorientos. Los árboles habían perdido sus hojas hacía años y destacaban como siluetas de cactus en el polvoriento horizonte. Había un arroyo que bordeaba el pueblo en años pasados. Ahora el cauce estaba seco. Donde antes fluía el agua limpia y fresca de las montañas cercanas, ahora había un lecho de arcilla, agrietado en forma de tablero de ajedrez con huecos del ancho de un palmo.    Nadie sabía qué había sido de las aves, salvo los buitres que rondaban el pueblo, en busca de algún que otro cadáver de animal que hubiera quedado moribundo.

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En el pueblo vivía gente de muchas religiones y se produjo un gran debate sobre dónde celebrar la oración: en una iglesia, una mezquita, una sinagoga o un templo. No hubo consenso. Agotados, decidieron celebrar la oración al aire libre, a última hora de la noche, bajo el cielo abierto, lejos del pueblo. Era noche de luna llena y la luna brillaba con su atractivo resplandor sobre un fondo de estrellas centelleantes.

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El dosel de este paraguas grande se abre hasta un arco de 38 pulgadas, con función de apertura automática y fundas de paraguas a juego. Utiliza estos paraguas con bonitos diseños para destacar y brillar incluso bajo la lluvia. La frase está inscrita en el paraguas:

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